Mi historia
Soy cirujana dentista con postgrado en odontopediatría y atiendo en el sector oriente de Santiago. Mi consulta parte de una convicción simple: los papás merecen la verdad sobre la boca de sus hijos, dicha con cariño, sin sustos y sin endulzar.
Me especialicé en lo que muchos consideran “lo más difícil” de esta profesión: atender niños con miedo, niños muy pequeños y niños con necesidades especiales. Con los años entendí que el difícil manejo casi nunca es un caso perdido: es adaptación y tiempo, no fuerza. He acompañado a niños que llegaron sin dejarse mirar la boca —después de intentos frustrados en otros lugares— y terminaron su tratamiento completo, contentos de venir a sus controles.
Por qué trabajo así
El feed de las redes está lleno de “niños felices sin miedo al dentista”. La realidad es más honesta: hay niños con miedo, con trauma, o simplemente muy chicos para colaborar. A veces, con el consentimiento de los papás y porque la salud lo exige, hay que tomar decisiones más difíciles o usar herramientas como el óxido nitroso o la sedación.
Por eso mi primera consulta no es “abrir la boca y mirar”. Está diseñada paso a paso: una encuesta de ingreso detallada antes de conocernos, una sesión de adaptación donde tu hijo descubre las herramientas sin miedo, y una lectura de su perfil sensorial y cognitivo para construir un plan a su medida — contigo, no a pesar de ti.
Lo que me mueve
Existe una causa que me acompaña desde siempre: que las brechas de acceso a la salud no dejen afuera a las personas con necesidades especiales. Cada niño que logra atenderse tranquilo, cada familia que deja de postergar el dentista porque por fin encontró un lugar donde los entienden, es la razón por la que elegí esta especialidad.
Y hay un efecto que me encanta: las familias entran por el niño y se quedan completas. Primero llega el hijo, después los hermanos, los papás y hasta los abuelos. Ese es el mejor indicador de confianza que conozco.
